“Y cuando tras él (Lope de Vega) estampa Calderón su noble sello en los autos del Corpus, no nos presenta tampoco al pueblo de Castilla como pobre maníaco que busca en insensatos ejercicios distracción adecuada a su nuevo cerebro y a su ánimo supersticioso, sino como paladín vencido, que al conjurarse todo contra sus generosas empresas, se desquita, pidiéndolas a toda hora y bajo toda forma, en el íntimo culto de su corazón; consuelos y conquistas que no puede arrebatarle la suerte. Nunca afectaron ser menos graves los autos; nunca tuvieron escondidos en su fondo tan graves pensamientos. Un sello de solemnidad, que casi parece de tristeza, altera ya su genial sonrisa; la cólera de Dios y la depravación de las criaturas dan sombrío resalte a los recuerdos de la bondad celeste; aspírase a ejercer severo magisterio moral, al par del religioso; los planes adquieren mayor complicación y ensanche; truécase la composición de apacible en vehemente, de candorosa en magnífica; y hasta tal punto lo invade todo la ciencia teológica, que para transformar muchos dramas de éstos en acabadas obras místicas y dogmáticas, bastaría verterlos a otro lenguaje. Católica y española la activa inteligencia de Calderón, huélgase de encontrar en asuntos tan conformes a su naturaleza, íntegro empleo. A veces se le ve resumir en su drama de insignificantes apariencias toda la filosofía humana, poniendo la explicación de nuestros destinos al alcance común, por medio de cuadros excelentes y símiles esplendorosos; y a veces descubren su exaltación interna rápidos y profundos rasgos en que prorrumpe a pesar suyo, cuando sólo pretende destrabar las fuerzas de su ingenio en conceptuosas y peregrinas trazas, jugando con su asunto, como con su macizo líbano fornido el héroe de Ercilla. Para él, lo mismo que para España toda, eran los días que a sus autos consagraba, días de plenitud cordial, de regocijo y abandono. Si en tales días se debe estudiar al hombre, sígase a Calderón cuando daba libre vuelo a su sereno espíritu en los dramas simbólicos, llevando en las dos alas de la ciencia sagrada y de la fe, y cediendo risueño a los caprichos del aura popular, que a un mismo tiempo le acariciaba e impelía“.
EDUARDO GONZALEZ PEDROSO “Biblioteca de Autores Españoles"